En memoria de Carlos A. Canta Yoy
Hay personas cuya partida deja un vacío difícil de explicar, porque su presencia excedía ampliamente el lugar profesional que ocupaban. Carlos A. Canta Yoy fue una de ellas. Y para mí, además, fue uno de esos amigos cuya ausencia cuesta aceptar porque uno se había acostumbrado a saber que estaban allí.
Carlos fue un reconocido especialista en comercio exterior, particularmente en temas vinculados con el Mercosur y el origen de las mercaderías, materias en las que alcanzó un conocimiento profundo y una autoridad indiscutida. Durante muchos años aportó su experiencia como asesor del Centro de Despachantes de Aduana, fue profesor, formador de generaciones de profesionales y autor de numerosas publicaciones que constituyen una referencia para quienes nos hemos dedicado a estas disciplinas.
Pero reducir a Carlos a su currículum sería decir muy poco de él.
Tuve la suerte de conocer al especialista, pero sobre todo de conocer al hombre. Y quizás por eso, cuando pienso hoy en Carlos, antes que sus títulos, sus libros o sus conocimientos, recuerdo su manera de ser.
Tenía una cultura general verdaderamente extraordinaria. Compartir una conversación con él era siempre aprender algo. Historia, literatura, política, derecho, economía, arte: no importaba por dónde comenzara la charla; Carlos tenía un dato, una reflexión, una anécdota o una mirada que la enriquecía. Más de una vez me pregunté, entre la admiración y la broma, si había algo que Carlos no supiera. Nunca pude encontrarlo.
Pero lo más admirable era que todo ese conocimiento no lo alejaba de los demás. No necesitaba demostrar lo que sabía. Nunca utilizó su cultura para imponer distancia ni superioridad. Por el contrario, era accesible, generoso, animado, de buen humor y con una predisposición permanente para ayudar. Se podía recurrir a él por una cuestión profesional, académica o simplemente personal, y uno sabía de antemano qué iba a encontrar: tiempo, atención, interés y buena voluntad.
Y eso, para mí, es lo que finalmente define a una persona.
Detrás del especialista, del profesor, del autor y del hombre de enorme cultura estaba, sencillamente, una excelente persona. Un hombre correcto, afectuoso, leal y generoso. De esos que hacen que, con el paso de los años, los reconocimientos profesionales terminen pareciendo secundarios frente a algo mucho más difícil de conseguir: el cariño y el respeto de quienes tuvieron la suerte de conocerlos.
En mi caso existe, además, un recuerdo particularmente entrañable. Carlos acompañó una parte de mi vida que para mí tiene un significado muy especial: la literatura. Fue mi corrector y mi presentador preferido de mis novelas. Y decirlo así quizá no alcance para explicar lo que significaba.
Cada vez que terminaba un libro, sabía que en algún momento llegaría a sus manos. Esperaba su lectura, sus observaciones, sus correcciones y también su aprobación. Carlos leía con atención, corregía con inteligencia y comentaba con esa mezcla tan poco frecuente de rigor y afecto que solamente poseen quienes saben mucho pero, además, quieren bien.
Nunca corregía para lucirse él, sino para mejorar lo que uno había escrito. Y cuando presentaba alguna de mis novelas, tenía esa generosidad especial de quien es capaz de encontrar y destacar lo mejor del trabajo ajeno. Saber que un texto había pasado por sus manos me daba tranquilidad. Escucharlo hablar de una novela mía constituía siempre un privilegio y, debo confesarlo, también un motivo de orgullo.
Hoy me cuesta pensar que esa lectura ya no estará. Que no podré preguntarle qué le pareció una página, discutir una palabra, escuchar alguna de sus observaciones o simplemente desviarnos del tema y terminar hablando de cualquier otra cosa, porque con Carlos cualquier conversación podía comenzar en el comercio exterior y terminar en la historia, la literatura o la vida.
Seguramente habrá quienes lo recuerden como un gran especialista en comercio exterior. Otros, como el profesor que les enseñó. Otros, como el asesor del Centro de Despachantes de Aduana, el autor o el colega siempre dispuesto a colaborar.
Yo lo recordaré por todo eso. Pero, principalmente, recordaré al amigo.
Porque los conocimientos se transmiten, los libros quedan y las enseñanzas continúan en quienes las recibieron. Pero hay algo que no puede reemplazarse: la presencia particular de una excelente persona en nuestra vida.
Y Carlos fue, por encima de cualquier otro mérito, una muy buena persona.
Gracias, querido Carlos, por todo lo que enseñaste, por todo lo que compartiste, por las conversaciones, por tu generosidad, por haber acompañado también mis libros y, especialmente, por tu amistad.
Te vamos a extrañar.
Héctor Guillermo Vidal Albarracín



